Ingeniería social
Por: Alfredo Alzate Escolar
Gestión Solidaria
Hace cinco años nos obligaron a vacunarnos o de lo contrario no podíamos entrar al supermercado o cualquier lugar público. Teníamos que tener el carnet expedido por una enfermera. También, a ponernos tapabocas o de lo contrario no nos podíamos subir a un avión. Con unas pistolas medían nuestra temperatura y en cada noticiero se exaltaba los casos de quienes no superaban la enfermedad, así como la de los héroes que combatían desde los servicios de salud. El miedo llegó a muchas personas, mientras cada quien se quedaba en casa.
Hay quienes afirman que el experimento continúa, y poco a poco, buena parte de la humanidad va perdiendo su capacidad de revelarse ante las disposiciones de quienes desean medir estadísticamente el comportamiento de cada uno.
Cada vez justificamos, desde lo que consideramos la razón y la defensa de la conciencia pública, medidas como la vigilancia con cámaras, el control facial y hasta el del movimiento de nuestro dinero. Claro, todo es por nuestro bien. Con tanta inseguridad…
Entre tanto el dinero físico tiende a desaparecer, pero con él: la independencia, autonomía y anonimato de su poseedor.
Cada compra, cada desplazamiento, cada gusto, está registrado en alguna base de datos. Nosotros mismos damos la autorización. De lo contrario la aplicación del móvil se bloquea. El aparato no da otra opción, aunque se pregone que tenemos la posibilidad de negarnos a dar nuestros datos, el embudo ya está diseñado.
La trazabilidad de nuestro dinero está vigilada por las plataformas digitales. Ahora se hablan entre ellas y lo mismo dará tener algo de recursos en un banco o en una cooperativa. El dinero que ya se mueve a la velocidad de la luz dejará el rastro en alguna base de datos, pero también dicen que es por nuestro bien. Incluso nos hacen sentir a la moda.
Así como nos acostumbramos a cada cosita, que nos pone a salivar, como a los perros de Pavlov, el siguiente paso será el control sobre ese dinero electrónico. Dinero que podrá ser creado de la nada y que podría tener fecha de vencimiento como ya pasa el Zimbabwe. Si no lo usa dentro de un tiempo determinado se lo quitan.
Estamos como el sapo en la olla. Mientras nos tienen viendo para un lado, la supuesta realidad diaria, bajo la otra excusa que es la verificación de la información, sin que nadie verifique a los verificadores, por otro lado nos aplican el experimento social. Ojalá no sea muy tarde para podernos curar las quemaduras.
Editorial edición 169.







