Antes de declararse insolvente, hágase esta pregunta: ¿Ya negoció de verdad?

Por: Paola Zambrano Sánchez
Experta en cobro y recuperación de cartera
Bogotá -Colombia
Hay una escena que se repite cada vez con mayor frecuencia. Una persona acumula varias cuotas vencidas, recibe llamadas de cobranza, aparecen amenazas de embargo y, en medio de la angustia, encuentra en redes sociales un anuncio que promete una solución definitiva:
«Declárese en insolvencia y olvídese de sus deudas». Suena tentador. Demasiado tentador. El problema es que muchas personas están llegando a un proceso de insolvencia convencidas de que encontraron una salida rápida, cuando en realidad podrían estar entrando en una decisión con efectos financieros y patrimoniales que marcarán varios años de su vida.
La insolvencia no es un error. Tampoco es un fracaso. Es un mecanismo jurídico legítimo diseñado para quienes realmente han perdido la capacidad de cumplir sus obligaciones. Lo preocupante es cuando se convierte en la primera opción, en lugar de ser la última.
La nueva industria del «declárese insolvente»
Hoy basta navegar unos minutos por redes sociales para encontrar decenas de empresas que venden la insolvencia como si fuera un producto de consumo masivo.
«Detenga los embargos.»
«Congele sus deudas.»
«No vuelva a recibir llamadas.»
Todo eso puede ser cierto… parcialmente
Lo que pocas veces aparece en la publicidad es que el proceso busca, ante todo, negociar el pago de las obligaciones, no desaparecerlas. Si la negociación fracasa, el camino puede conducir a una liquidación patrimonial donde los bienes del deudor responden por las obligaciones pendientes.
La diferencia parece pequeña, pero cambia completamente la decisión.
La negociación que muchas personas nunca intentan Después de trabajar durante años alrededor de procesos de cartera y recuperación, he visto una realidad poco discutida: muchas personas llegan a la insolvencia sin haber tenido una negociación seria con sus acreedores.
Confunden una llamada automática del call center con una respuesta definitiva. Asumen que «el banco nunca negocia». O simplemente esperan tanto tiempo que la relación termina deteriorándose.
Sin embargo, las entidades financieras también tienen incentivos para recuperar clientes, evitar procesos judiciales prolongados y construir acuerdos que sean sostenibles. Una cartera recuperada suele generar más valor que una cartera judicializada durante años. La pregunta entonces cambia completamente:
¿La entidad realmente dijo que no… o nunca llegó a conocer mi verdadera capacidad de pago?
La diferencia entre no poder pagar y no saber negociar Existe una diferencia enorme entre insolvencia e iliquidez.
Una persona puede estar atravesando una crisis temporal por pérdida de empleo, reducción de ingresos, enfermedad o dificultades familiares.
Eso no significa necesariamente que deba iniciar un proceso de insolvencia.
En muchos casos existen alternativas como: reestructuración de créditos; ampliación de plazos; periodos de gracia; consolidación de obligaciones; acuerdos especiales de normalización; renegociaciones individualizadas.
No siempre serán posibles. Pero tampoco deberían descartarse sin haberlas explorado. La negociación directa continúa siendo, en muchos casos, la solución menos costosa y la que menor impacto genera sobre la vida financiera futura.
La insolvencia sí tiene ventajas… cuando realmente se necesita. Sería irresponsable afirmar lo contrario.
El régimen colombiano de insolvencia fue creado precisamente para ofrecer una segunda oportunidad a quienes enfrentan una cesación de pagos real. Entre sus principales beneficios están la suspensión de procesos ejecutivos mientras se desarrolla la negociación, la posibilidad de reunir a todos los acreedores en un solo acuerdo de pago y un procedimiento legal que busca reorganizar las obligaciones de acuerdo con la capacidad económica del deudor.
Cuando una persona cumple las condiciones legales y realmente agotó otras alternativas, la insolvencia puede convertirse en el inicio de una recuperación financiera ordenada. Pero precisamente porque funciona, merece utilizarse cuando corresponde.
Lo que casi nadie le cuenta
También existen costos. No necesariamente económicos. Costos de largo plazo.
Ingresar a un proceso de insolvencia implica aceptar una situación jurídica que puede afectar la forma como el sistema financiero evaluará futuras solicitudes de crédito, limitar ciertas decisiones patrimoniales mientras se desarrolla el procedimiento y exigir un cumplimiento estricto del acuerdo alcanzado. Si la negociación fracasa, el proceso puede derivar en liquidación patrimonial.
No es una decisión para tomar después de ver un video de treinta segundos en redes sociales. Es una decisión que merece asesoría especializada, análisis financiero y una evaluación objetiva de todas las alternativas disponibles. La pregunta que deberíamos hacernos antes Quizá la conversación no debería comenzar preguntando: «¿Puedo declararme insolvente?»
Tal vez la pregunta correcta sea otra: «¿Ya agoté todas las posibilidades reales de negociar?» Porque negociar no significa suplicar. Negociar significa presentar información, demostrar capacidad de pago, construir confianza y encontrar un punto donde ambas partes recuperen algo.
Las mejores soluciones financieras casi nunca nacen de la confrontación. Nacen de conversaciones que nadie había querido tener.
Una reflexión final
Vivimos en una época donde todo parece tener una solución inmediata. Refinanciar. Consolidar. Insolventarse. Pero las decisiones financieras importantes no deberían tomarse por desesperación, sino por estrategia.
La insolvencia es un derecho. Sin duda. Pero también es una decisión trascendental. Y como toda decisión trascendental, merece hacerse solo después de haber intentado aquello que muchas veces olvidamos en el mundo financiero: sentarse a negociar.













