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junio 26, 2026
Al Día MUNDO

El renacer de la energía comunitaria: ¿la fórmula británica para democratizar la transición ecológica?

Por: Gestión Solidaria

No es todos los días que un plan gubernamental logra entusiasmar tanto a los burócratas como a los activistas de base. Sin embargo, eso fue precisamente lo que ocurrió en el reciente Congreso de Cooperativas del Reino Unido, celebrado en Birmingham, donde el flamante Plan de Energía Local del gobierno se llevó los aplausos, pero también las preguntas más incisivas del sector.

La promesa es mayúscula: 1.000 millones de libras para apalancar más de 1.000 proyectos energéticos locales de cara a 2030. Pero más allá de la cifra, lo que realmente sacudió el auditorio fue la declaración de intenciones política: «Que cada comunidad tenga la oportunidad de poseer activos energéticos». En un contexto de inflación y crisis del costo de vida, la energía comunitaria deja de ser un ideal ecologista para convertirse en una herramienta de soberanía económica.

La propiedad como antídoto al resentimiento

Fraser Stewart, director de estrategia energética local de Great British Energy

La sesión contó con la conferencia magistral de Fraser Stewart, director de estrategia energética local de Great British Energy, quien fue directo al grano. Para Stewart, el modelo de negocio tradicional de la transición energética ha generado un efecto colateral peligroso: el resentimiento social ante los costes de descarbonización.

“La energía de propiedad comunitaria aporta un sentido de pertenencia y reduce las facturas”, afirmó Stewart. «Se trata tanto de poder económico como de energía».

Esta frase resume el cambio de paradigma que propone el ejecutivo. Ya no se trata solo de instalar paneles solares o aerogeneradores, sino de redistribuir el valor. La visión es que para 2030, todos los barrios, independientemente de su renta o geografía, puedan ser propietarios de su generación eléctrica. Esto implica atraer capital no solo de los bancos, sino mediante ofertas de acciones populares, inversores de impacto social e incluso fondos de pensiones, creando un círculo virtuoso donde el ahorro en la factura se convierte en un dividendo social.

El desafío de la escala y la inclusión

Matthew Vickers, director ejecutivo de Community Energy England

Sin embargo, el entusiasmo inicial se topó con la realidad sobre el terreno. Matthew Vickers, director ejecutivo de Community Energy England, calificó el proyecto como «necesario pero no suficiente». La gran pregunta, según Vickers, es cómo escalar este esfuerzo sin dejar a nadie atrás. «Cuanto más actuemos juntos, más fuerte será el impacto que tendremos», instó a los asistentes.

El principal escollo, coincidieron los ponentes, no es la tecnología, sino la burocracia y la conectividad. Stewart admitió que los desafíos con la red eléctrica y la inestabilidad política (como el cambio de manos en los concejos municipales) son los mayores obstáculos para desplegar el capital.

Nadia Smith, directora de Community Energy London (CEL)

Pero donde el discurso se volvió más humano fue al abordar la pobreza energética. Nadia Smith, directora de Community Energy London (CEL), recordó que Londres no solo tiene una alta densidad de tejados aptos para solar, sino que también alberga una de las tasas más altas de pobreza energética de Europa. Para Smith, la métrica del éxito no debe ser el número de megavatios instalados, sino cuántas comunidades vulnerables logran acceder al programa.

«La pregunta no es cuántos proyectos entregaremos, sino cuántas comunidades estarán capacitadas para presentarse», sentenció Smith.

La economía del «proyecto pequeño»

En este punto, Vicky Dunn, directora general de Grimsby Community Energy, aportó la visión más pragmática y emocional. Dunn defendió que el plan debe servir precisamente para aquellos proyectos «más pequeños, más difíciles y menos viables comercialmente», como instalar paneles solares en un banco de alimentos.

Para Dunn y Smith, el éxito radica en el hiperlocalismo. CEL, por ejemplo, ha desplegado asesores energéticos que hablan español y bengalí, y han contratado personal capacitado para trabajar con clientes sordos. Esta capilaridad social es la que permite llegar a los 5.000 hogares que CEL ya ha asistido, ahorrándoles colectivamente 1 millón de libras el año pasado.

La gran incógnita: el «factor humano»

A pesar del respaldo financiero, el Plan de Energía Local tiene un gran desafío pendiente: la concienciación. Stewart reconoció que, si bien algunas comunidades cuentan con organizaciones fuertes, existen vecindarios enteros que aún no se han involucrado en la transición. «Necesitamos crear conciencia para que las comunidades puedan dar el primer paso», afirmó.

La solución, según Dunn, podría estar en las nuevas generaciones. Su organización en Grimsby ofrece prácticas a estudiantes de secundaria para que trabajen en redes sociales, blogs y contabilidad. De esta forma, no solo forman a los futuros gestores energéticos, sino que utilizan el lenguaje juvenil para permear en los hogares.

¿Un nuevo contrato social?

El Congreso dejó claro que el Reino Unido está ensayando un nuevo contrato social en materia climática. Ya no se trata de imponer impuestos verdes o subvencionar grandes corporaciones, sino de devolver el poder de decisión (y el ahorro económico) a los ciudadanos.

El Plan de Energía Local tiene el potencial de ser el mayor experimento de democracia energética del país. Sin embargo, como recordaron los ponentes, el dinero no es suficiente. La verdadera prueba será si el gobierno logra sortear los cuellos de botella de la red, unificar criterios entre concejos y, sobre todo, tender puentes con las comunidades más aisladas.

Porque, como bien dijo Nadia Smith, la gente conoce mejor sus comunidades. Y en la economía del siglo XXI, el conocimiento local vale tanto como el kilovatio.

 

 

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