EN RED INVITADOS José Alcibiades

JULIO FLOREZ ROA, EL BOHEMIO ROMÁNTICO

Por: José Alcibíades Guerra Parada

Escritor y Periodista

 

Adalid de las letras nacionales, este destacado poeta boyacense nacido en la ciudad de Chiquinquirá el 22 de mayo de 1867, fue un baluarte de la Escuela Romántica de principios de siglo XX y uno de los más fieles exponentes a nivel latinoamericano. Sin duda su obra no pasa y es catalogado como el más popular de los poetas colombianos, cantado y recitado por diversas generaciones.

El sentimiento, la lírica, la sensibilidad humana y el culto a lo exótico, características fundamentales de este movimiento a nivel mundial, se conjugan claramente en la heterotemática producción de este notable miembro de la llamada Revista Gris de su época, 1900-1904. Evocador obsesivo de la muerte, su inspiración algunas veces se deja llevar profundamente por la pena, el dolor, la tristeza, la amargura, la desilusión o el desconsuelo; en otros momentos de su existencia es subyugado por la compasión, la ternura, la fantasía, el misticismo, el miedo, la incertidumbre o cualquier otro afecto humanitario que exterioriza con suma expresividad jugando versátilmente con el lenguaje. En su obra literaria alude igualmente y en forma melancólica a la mujer, al erotismo, a la vida y a la naturaleza hasta rayar con la desesperación, la tragedia y el abatimiento.

Este bohemio imperdonable, quien era hijo del médico José María Flórez, presidente del Estado de Boyacá en 1871, escribió sus primeros versos a los siete años. Entre 1900 y 1903 dirigió la Gruta Simbólica, una de las mejores tertulias literarias que haya existido en Colombia, inspirada en el modernismo francés e integrada por espíritus bohemios y románticos, de la cual formaron parte Luis María Mora, Carlos Tamayo, Julio de Francisco, Ignacio Posse Amaya, Miguel A. Peñarredonda, Rudesindo Gómez, Diego Uribe, Max Grillo, Victor M. Londoño, Clímaco Soto Borda, Emilio Murillo, etc. Su creador, propulsor y animador fue el mecenas Rafael Espinosa Guzmán.

Julio Flórez peregrinó por Venezuela y Centroamérica, se desempeño luego como secretario de la delegación en España y pasó algún tiempo en Europa. Regresó y en Barranquilla conoció a la que sería la madre de sus hijos, Petrona Moreno Nieto, de 14 años con quien finalmente se casó. Tocaba guitarra y su obra literaria refleja una infatigable imaginación colmada de pasiones mundanas, plasmando en cada estrofa emociones vividas de una manera genial, sincera y deliciosa a la vez. Idealista puro hasta llegar algunas veces a la exageración irremediable, nunca tuvo mayores ilusiones terrenales que la de ser solamente un buen poeta o como dijera uno de sus más leales críticos “ un sencillo trovador “.

¿Quién no recuerda extasiado sus Flores Negras, Idilio Eterno y Tus Ojos? ¿Quién no se ha deleitado alguna vez con Todo Nos Llega Tarde, Altas Ternuras o Te Pedí Perdón?. Toda una variada gama de sentimientos reflejados. Obras ampliamente conocidas en otras latitudes son su primer libro de poesías “Horas” editado en 1883, “Manojo de Zarzas” y “Cardos y Lirios” publicados en 1905, sus composiciones “Cesta de Lotos” y “Gotas de Ajenjo” aparecieron en la antología poética La Lira Nueva en 1906 y “Fonda Lírica” que dio al público en 1908. Por su parte en 1912 presentó su libro “Flecha Roja” y “Oro y Ebano” fue publicado en el año 1943, mucho tiempo después de su muerte.

Julio Flórez, fallecido en Usiacurí (Atlántico) el 7 de febrero de 1923, supo entregar fácilmente en su producción su noble mensaje literario y ganarse la admiración de sus contemporáneos, quienes al igual que sus lectores de hoy disfrutan su exquisito y particular arte poético. Hagamos remembranza de algunos de sus versos:

RESURRECCIONES

Algo se muere en mí todos los días
la hora que se aleja, me arrebata
el tiempo en la insonora catarata,
salud, amor, ensueños y alegrías.

Al evocar las ilusiones mías,
pienso: ¡ Yo no soy yo! ¿ Porqué insensata,
la misma vida con su soplo mata
el antiguo ser, las lentas agonías ?

Soy un extraño ante mis propios ojos,
un nuevo soñador, un peregrino,
que ayer pisaba flores y hoy… abrojos.

Y en todo instante es tal mi desconcierto,
que, ante mi muerte próxima, imagino
que muchas veces en la vida… he muerto.

 

TU NO SABES AMAR

Tú no sabes amar; ¿ acaso intentas
darme calor con tu mirada triste?
El amor nada vale sin tormentas,
¡sin tempestades el amor no existe!

Y, sin embargo ¿ dices que me amas?
No, no es amor lo hacia mí te mueve:
el Amor es un sol hecho de llamas,
y en los soles jamás cuaja la nieve.

¡El amor es volcán, es rayo, es lumbre,
y debe ser devorador, intenso;
debe ser huracán, debe ser cumbre…
debe alzarse hasta Dios como el incienso!

¡Pero tú piensas que el amor es frío?
¿Qué ha de asomar en ojos siempre yertos?
Con tu anémico amor… anda, bien mío,
¡anda al osario a enamorar los muertos!

 

NO LLORES ME DECÍA…

_ No llores – me decía –
yo te daré muy pronto la alegría
aunque me cueste la ventura mía.

Voluptuosamente

despertábase el bosque al soplo blando
del amoroso ambiente,
una mañana de febrero, cuando
entramos en el bosque de repente.

Más ¡ay! Yo entré llorando…

ella entró sonriente.

Voluptuosamente
se adormecía el bosque al soplo blando
del amoroso ambiente,
aquella tarde de febrero, cuando
salimos de aquel bosque de repente
ella estaba llorando…
yo salí sonriente.

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