¿Esta vigente la cooperación?
José Luis Blanco,
Impulso Estratégico
Perú
Vivimos un mundo cada vez más materialista y superficial, en el que nos contentamos con preguntarle todo a una pantalla, y así evitar el “trabajo de pensar” por nosotros mismos. Este entorno, tan laxo y poco exigente, está afectando a la cooperación.
Quienes creemos y vivimos el cooperativismo, vemos con pena y sorpresa como se presta cada vez menos atención a la esencia de nuestro modelo. La pregunta más importante no es qué hace una cooperativa, sino qué es una cooperativa.
A diferencia de la empresa así llamada capitalista, donde el capital convoca a las personas, en la Cooperativa somos las personas quienes convocamos al capital. Su finalidad no es ya la rentabilidad, sino que se transforma en un medio para satisfacer la necesidad o servicio que la asociación busca resolver.
Simplificando, podemos identificar cinco grandes ejes de la esencia cooperativa, mismos que iremos analizando poco a poco: la identidad filosófica, el acto cooperativo, el vínculo asociativo, la fortaleza de la democracia y el compromiso local.
Muchos no saben que la noción de acto cooperativo constituye un aporte latinoamericano a la filosofía y el derecho cooperativos globales. Su autoría es de mi coterráneo, el costarricense Carlos Vargas Vargas, y ha sido profundizado por otros pensadores. Parte de tres consideraciones claves:
- Los actos entre el asociado y su cooperativa no ocurren entre partes distintas, sino que es un intercambio solidario entre asociados por medio de SU cooperativa.
- Por lo tanto, el acto cooperativo no genera lucro a expensas del asociado: el excedente no es ganancia, es una devolución del sobreprecio cooperativo (una noción que bien desde Rochdale).
- La cooperativa no es un intermediario externo, es una expresión de autogestión colectiva: una comunidad organizada que resuelve en conjunto sus necesidades.
Por supuesto, la filosofía cooperativa es un pensamiento vivo, que se alimenta y construye con el quehacer de la cooperación. Pero en este proceso existen fuertes riesgos de pérdida de identidad, de que se desdibuje y termine siendo una viruta de humo que se disipa en el aire. Lamentablemente ya nadie estudia, mucho menos lee, a los grandes pensadores cooperativos.
El peligro de la asimilación cultural de lo cooperativo es enorme. En la medida que se nos van los grandes fundadores y líderes históricos del Movimiento, y atraemos (algo valioso y necesario, no lo discuto) a ejecutivos y líderes de otros sectores, corremos el riesgo de que se tomen a la ligera los valores y principios y se desdibuje la cooperación. Dos extremos de la misma falta de claridad ideológica.
Los propósitos y objetivos misionales basados en la solidaridad, pueden derivar gradualmente hacia objetivos puramente mercantiles o capitalistas. Algo tan malo, como el descuido de la sana gestión con el pretexto de los objetivos sociales.
Esta deriva ideológica se manifiesta en el lenguaje (cliente en vez de asociado, utilidad en vez de excedente, etc.), en la estrategia (foco en la rentabilidad y la eficiencia por sobre el beneficio a largo plazo del asociado), valores y comportamientos de mercado poco solidarios, pérdida de identidad diferencial…
También la vemos en la erosión continua, y en la práctica cotidiana, de uno de nuestros principales principios: la intecooperación. Que se drena no solo por la falta de compromiso de las cooperativas asociadas, sino también por el riesgo de pérdida integridad de los propios organismos de integración.
La cooperación sigue vigente y lo seguirá siendo, porque apela a la esencia del ser humano: nuestra necesidad y deseo de actuar en grupo, de afrontar colectivamente las necesidades esenciales. Ser cooperativista es, esencialmente, ser humano, en un sentido profundo e integral.










