Veintiséis años de pensamiento cooperativo: el Congreso del CONACOOP como termómetro y faro del sector en República Dominicana
Por: Gestión Solidaria
Si el cooperativismo dominicano tuviera un parlamento, un aula magna y una bolsa de valores al mismo tiempo, ese espacio sería el Congreso Nacional e Internacional que organiza el Consejo Nacional de Cooperativas (CONACOOP). Lo que comenzó como una iniciativa visionaria de Julito Fulcar Encarnación a principios de la década del 2000, se ha convertido en la bitácora viva de la evolución económica, social y tecnológica del movimiento solidario en el país y la región.
Al repasar la historia de estas trece ediciones nacionales y nueve internacionales—con la próxima cita fijada para octubre de 2026 en Punta Cana bajo el lema “Identidad Cooperativa y Transformación Digital para Construir un Mundo de Paz”—, no estamos simplemente ante un recuento de ponencias y paneles. Estamos ante el reflejo de cómo un sector ha madurado, ha enfrentado crisis, ha abrazado la tecnología y ha redefinido su papel frente al Estado y la sociedad.
De la doctrina a la gestión: la primera década
Los primeros congresos, celebrados en hoteles de la región Este, tuvieron un sabor fundacional. En aquel entonces, el grito de batalla era claro: legislación especializada y autorregulación. El IV Congreso (2010) no solo internacionalizó el evento trayendo delegados de diez países, sino que puso sobre la mesa la necesidad de una «radiografía» del sector a través del IV Censo Cooperativo Nacional.
Esa etapa fue crucial. No se trataba solo de discutir valores, sino de construir un andamiaje institucional. Las conclusiones de aquellos años pedían mecanismos de supervisión, estandarización tecnológica y, algo revolucionario para la época, la inclusión de la equidad de género y la defensa ambiental (como la resolución sobre Loma Miranda). El cooperativismo dejaba de ser una isla para insertarse en la agenda nacional.
El salto productivo y la lucha contra la pobreza
Hacia 2014 y 2016, el congreso pegó un volantazo hacia lo tangible. El VI Congreso puso el foco en la producción agroalimentaria y la seguridad alimentaria, pidiendo al Gobierno un fondo de inversión para emprendimientos rurales. Fue el momento en que el sector dijo: «No solo administramos ahorros, también producimos alimentos y generamos desarrollo local».
Pero fue en 2016 cuando Julito Fulcar lanzó una tesis que sacudió el status quo: «No es posible derrotar la pobreza sin que el Estado asuma el cooperativismo como instrumento de desarrollo». Aquella afirmación colocó al movimiento en el centro de las políticas públicas, superando la visión de que las cooperativas son meros nichos de mercado para convertirlas en agentes de cambio estructural.
Disrupción, pandemia y resiliencia
El mundo cambió, y el congreso también. Para 2018, el lema era «Sustentabilidad de negocios solidarios resilientes en tiempo de disrupción». La ciberseguridad, la gobernanza y la gestión de riesgos hicieron su entrada triunfal. La pandemia obligó a un receso, pero la vuelta en 2022 fue con fuerza: «Crisis, Amenazas Doctrinarias y Desafíos Socioempresariales».
Aquí se evidenció un miedo real: ¿Cómo preservar la identidad cooperativa en un mundo que empuja hacia el individualismo digital?. La respuesta vino en 2023 y 2024, cuando el congreso mutó hacia las finanzas sostenibles, la inteligencia artificial y, finalmente, la democracia interna. La X Convención Financiera y el XI Congreso (2024) nos recordaron que no hay sostenibilidad sin liderazgo ético y participación activa de las bases.
2026: La síntesis necesaria
Llegamos así al XIII Congreso. El tema de «Identidad Cooperativa y Transformación Digital» no es una ocurrencia, sino la conclusión lógica de un cuarto de siglo de evolución.
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Identidad porque, como advirtieron los expertos en ediciones recientes, el cooperativismo no puede diluirse en modas gerenciales. Sus principios de ayuda mutua y democracia son su fortaleza diferencial.
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Transformación Digital porque el mundo financiero y comercial es ya virtual, y las cooperativas no pueden quedarse atrás en el uso de datos, plataformas y ciberseguridad.
La cita de 2026 buscará cerrar la brecha entre el alma social y el cuerpo tecnológico. No se trata de poner una app por ponerla, sino de usar la digitalización para profundizar la participación de los asociados, mejorar la eficiencia y llegar a más comunidades.
U
n legado que trasciende
El dato histórico que no puede omitirse es la longevidad del proyecto impulsado por Julito Fulcar Encarnación, quien presidió el CONACOOP de 2002 a 2020 y llevó la voz dominicana a la Confederación de Cooperativas del Caribe, Centro y Suramérica (CCC-CA). Bajo su empuje, el congreso dejó de ser un evento para convertirse en un proceso: un laboratorio de pensamiento estratégico que produce libros, diagnósticos y planes de educación cooperativa.
Cuando en 2026 más de 400 delegados nacionales e internacionales se sienten en Punta Cana, no solo estarán escuchando conferencias. Estarán escribiendo el siguiente capítulo de una historia que empezó hace veintiséis años con la necesidad de juntarse para pensar. Hoy, el cooperativismo dominicano no solo piensa: actúa, produce, financia y se transforma.
El mundo de paz que propone el lema de 2026 no es un sueño utópico. Es la consecuencia de un movimiento que ha entendido que, para construir futuros justos, se necesita una identidad fuerte y herramientas del siglo XXI. El Congreso del CONACOOP es, y será, la forja de esa realidad.
Esta nota toma como base:
CONACOOP y su XIII Congreso Nacional del Cooperativismo y IX Internacional: historia y logros del principal evento del sector
Fotos: elcooperadordigital.com









