“Prestar plata es muy fácil y eso lo saben muchos de nuestros cooperativistas. Lo difícil es lo otro, hacer cooperativa, empresa” decía el profe Alveiro Monsalve Zapata cuando le preguntaba sobre cómo sacar a la gente del gota a gota o porque muchas empresas teniendo la oportunidad se concentraban en actividades básicas, cuando su potencial, a través de la integración, las convertirían en verdaderos grupos económicos, con beneficios para sus asociados y su región. 

Sus teoría y estudios no solamente quedarán para la gran administración y el mundo académico, también para cientos de personas que vieron cómo esas teorías y proyectos, para algunos discursos de una utopía, pueden ser realizables. 

 

Una vez le encomendó una misión a un curioso, con ínfulas de reportero. Ir al sur de Cartagena al barrio el Pozón, donde inicialmente un grupo de enfermeras pusieron las bases para un modelo de salud basado en la prevención, pero también en la integración de decenas de empresas que sumando llegaron a ser una de las más importantes en la prestación de salud. Ese mismo día, de una oficina con una gran mesa central y aire acondicionado pasamos en pocos minutos al basurero de la ciudad, donde la integración se vivía en una jornada de salud pública. 

 

En otra ocasión repetía con la misma convicción la necesidad de entender los principios y valores cooperativos ante un grupo de profesionales en el último piso de un edificio en el norte de Bogotá. La verdad es que la agenda siempre estaba llena, con una maleta ligera y unos juegos que se inventó quería contarle a todo el mundo como era ese cuento del cooperativismo y la solidaridad. 

 

Desde hace 15 años cuando su secretaria llamó a ver si le vendía doce suscripciones por el precio de diez, como buen paisa, Alveiro nunca falló en su artículo mensual. Primero era una llamada para desbloquear el silencio de varios días, identificar la astucia de quien escucha pacientemente, y en los últimos dos minutos, yo como siempre demorado con la edición, le decía – profe, ya estamos cerrando. Entonces respondía – deme unos días y ahí, a los dos días, sin falta llegaba un texto con una idea para pocos rebatible. Desde esa tarde, de hace quince años, el profe salvó en varias ocasiones esta misma publicación con sus consejos y acompañamiento. 

-Ya le conté lo de las cartas, le llegó el juego del tablero; ya vio cómo se construye pensamiento con los legos, sí las figuritas de plástico. – Además de historias reflejadas en sus textos, vivía el cooperativismo en la cotidianidad, en muros creados por los libros y un campero que brincaba por entre los baches cuando daba recorridos gratis a sus visitantes. – Quiero convertir la finca en un salón, un laboratorio para explicar estas cosas, dijo alguna vez.  

 

También escribió: “Los valores sociales, inmersos en una profunda filosofía ética, son la esencia que le da identidad exclusiva a la acción solidaria y definen en última instancia lo que es correcto o incorrecto en el acuerdo cooperativo. Los principios se basan en esos mismos valores y orientan la acción diaria y permanente de quienes se han unido para ayudarse entre sí. Ahondar en esto es fundamental para asegurar la acción colectiva, solidaria y sostenible en los procesos de cooperación asociativa”.

 

La verdad, habría podido tomar cualquier párrafo, muchos de sus colegas y alumnos lo siguen citando. Sus libros, algunos en solitario, otros acompañado de los mejores de la academia, podrán ser retomados como base para la implementación de proyectos reales en un modelo que reclama un cambio en la visión económica del mundo. 

 

El cooperativismo no nació, ni desaparecerá con el profe, pero muchos Alveiros serán necesarios para realizar esa utopía. 

 

A Ana Lucia y Daniel un abrazo y mil bendiciones. 

 

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