José Alcibiades OPINIÓN

EL RIESGO MORAL

Cuando hablamos de riesgo moral se hace referencia a aquella posibilidad de que uno o varios administradores o empleados de una institución, aprovechando su posición jerárquica y el fácil acceso a la información, se sientan tentados y cambien de un momento a otro sus principios y comportamiento éticos, abandonando la dirección correcta y adoptando conductas indebidas, reprochables o contrarias a la ley.

Es el riesgo derivado de la subjetividad, del hecho que no se puede conocer las verdaderas intenciones de otros, quienes pueden llegar a actuar de manera contraria a lo esperado, en forma intencional y consciente. El malhechor conoce el juicio moral negativo del que es objeto su acción, práctica o conducta antijurídica a realizar, pero aun así decide llevarla a cabo buscando en el fondo su propio beneficio, sin importarle el desastre que pueda generar a su alrededor.

Estos cambios perversos en el comportamiento del ser humano ante las circunstancias y oportunidades, donde priman sus intereses individuales de manera egoísta, por encima de los de mayoría y de la organización, pueden convertirse en hechos punibles como la esta- fa, el hurto, el peculado, el abuso de autoridad, el lavado de activos, la financiación del terrorismo, así como el fraude, la celebración in- debida de contratos, el tráfico de influencias, el prevaricato y el enriquecimiento ilícito, entre otros, generando perjuicios y daños notables a las demás personas, a los bienes, a las entidades y a la sociedad.

Si bien estas situaciones de abuso de poder o de medios no son nuevas en el país, han au- mentado drásticamente durante los últimos años, atentando contra la cultura organizacional de prevención y control del riesgo y afectan- do notablemente a las Instituciones no solo desde el punto de vista económico, sino reputacional y legal, deteriorando ostensiblemente la imagen del sector en el cual se desarrollan y generando la pérdida de la confianza tanto a nivel interno como entre el público en general.

El anteponer los principios éticos y profesionales al logro de los objetivos y al cumplimiento de las metas e intereses comerciales y de obtención de lucro de las organizaciones, debe ser la norma fundamental por excelencia. Las presiones originadas desde las al- tas esferas de las organizaciones son una amenaza y puede dar origen a que se presente laxitud en el cumplimiento de las normas y procedimientos, así como en el análisis y ejecución de los controles, situaciones que dan origen al riesgo moral. De igual forma, el logro de las metas comerciales con antelación a los plazos límite establecidos pue- de ser otra causa para que estas situaciones o amenazas se generen.

Como se puede ver, el riesgo moral no es de índole financiero, es un riesgo potencial difícil de cuantificar y controlar con antelación a la sucesión de los hechos o eventos adversos y ha sido poco gestionado en el país, siendo su impacto económico desastroso en las entidades afectadas, sean públicas o privadas, por su alta vulnerabilidad y exposición a sufrir un daño patrimonial o reputacional de esta índole.

El riesgo moral es un peligro latente, pues se trata de un riesgo oculto, el cual no es fácilmente detectable o visible, que en cualquier momento puede cristalizarse a través de conductas inapropiadas y solo se detecta cuando se manifiestan sus efectos negativos. Es decir, no se percibe cuando las personas alteran su comportamiento por acción u omisión, alejándose de su compromiso organizacional y buscando de manera egoísta beneficios personales o de terceros, a sabiendas de que actúan de manera incorrecta o inmoral, sino cuando salen a flote las consecuencias negativas de tales actos des- honestos e impactan su entorno.

El riesgo moral puede presentarse cuando se ostenta posición dominante y se tiene poder, dando lugar al oportunismo gerencial, igualmente se puede dar cuan- do no se ha adquirido una sólida cultura de prevención y mitigación de lo ilícito y aumenta cuando no existen, son débiles o se saltan los mecanismos de control o mitigantes dentro de las organizaciones o cuando los órganos de control, tanto a nivel interno como externo, no ejercen de manera óptima sus funciones, de manera tal que su accionar negligente o laxo genera riesgo moral y facilita la sucesión de tales comportamientos indeseables.

Finalmente es necesario precisar que, lo fundamental en la búsqueda de una verdadera cultura antiriesgo es vital inculcar valores, establecer normas morales claras a través de códigos de ética, realizar un minucioso estudio de las hojas de vida de los funcionarios que se van a contratar y adelantar periódicamente jornadas de capacitación y actualización con el fin de crear compromiso y generar conciencia colectiva, al punto en donde todos los empleados de las diferentes instituciones sientan la necesidad y la obligación de detectar e impedir la materialización de delitos, constituyéndose en su deber moral más que en su deber laboral, en su responsabilidad social más que su obligación legal.

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