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diciembre 13, 2025
ANÁLISIS

Ética, eficiencia y emprendimiento: mi receta para un progreso solidario

Por Fernando Basto Correa

Durante más de 25 años, mi trabajo fortaleciendo instituciones en América Latina me ha enfrentado a una realidad persistente: nuestra región tiene un potencial enorme, frenado por la desconfianza y la desigualdad. He llegado a una convicción profunda que quiero compartir: el futuro de nuestro desarrollo está en una fórmula poderosa que combina ética inquebrantable, eficiencia operativa y un emprendimiento imbuido de solidaridad.

Miren la evidencia. En Colombia, según la EMICRON 2024, existen 5,3 millones de micronegocios que son el sustento de cerca de 6,9 millones de personas. Esta cifra me conmueve, pero también me alarma: solo el 14,2 % de estos emprendimientos logró acceder a crédito formal en el último año. Esta no es solo una estadística; es un grito de auxilio de una economía real que se ahoga por la falta de inclusión financiera. Yo lo veo en cada asesoría, en cada región que visito.

Frente a esta brecha, estoy convencido de que el sector solidario —las cooperativas, los fondos de empleados y las mutuales— emerge no como una alternativa marginal, sino como el gran motor de una inclusión con rostro humano. Mientras la banca tradicional a menudo prioriza el riesgo sobre el impacto social, estas entidades tienen la vocación de ofrecer más que dinero: ofrecen confianza, tasas justas y un acompañamiento que transforma un préstamo en una oportunidad de vida. Para mí, el cooperativismo es la forma más práctica y democrática de convertir la solidaridad en desarrollo económico real.

Para que este modelo despliegue todo su potencial, defiendo una fórmula simple pero revolucionaria: menos impuestos, más eficiencia y cero corrupción. Permítanme explicarles por qué esta tríada es, ante todo, ética.

Cuando hablo de “menos impuestos”, me refiero a liberar al que produce de la asfixia regulatoria que premia la informalidad. Cuando abogo por “más eficiencia”, exijo una gestión impecable donde cada peso se use con propósito. Y cuando clamo por “cero corrupción”, estoy defendiendo el cimiento de todo. He visto cómo, según el Banco Mundial, los países con alta corrupción pierden hasta el 17% de su PIB per cápita. En nuestro sector, cada acto de ineficiencia es un impuesto invisible que pagan los asociados honestos. Por eso, les digo: la lucha por la transparencia no es un tema técnico; es la verdadera política económica de la confianza.

En este ecosistema, la Superintendencia de la Economía Solidaria (Supersolidaria) tiene una responsabilidad que no puede eludir. No puede ser solo un ente sancionador. Con más de 3.844 empresas solidarias que agrupan a 7,2 millones de colombianos (SICSES 2022), su rol debe ser el de un aliado estratégico. El sector necesita una supervisión que eduque, acompañe y promueva la innovación. Un Estado inteligente no solo vigila; corrige, fortalece y facilita. Si la Supersolidaria abraza este rol, dejará de ser un obstáculo y se convertirá en nuestra plataforma de lanzamiento.

Este impulso nos lleva hacia lo que yo llamo el “cooperativismo inteligente”: un modelo que yo mismo promuevo y que fusiona la ética, la gestión eficiente y la tecnología con propósito. No buscamos competir con la banca, sino complementarla desde la confianza, usando lo digital para acercarnos sin perder nuestro corazón humano.

La palanca más poderosa para este cambio es, estoy seguro, la educación. No basta con enseñar a manejar dinero; debemos formar en valores. Me pregunto, y les pregunto a ustedes: ¿imaginan el impacto de una cátedra de cooperativismo y manejo financiero en nuestros colegios? Una generación que entiende el valor del ahorro y la cooperación es la semilla de una economía más humana.

Mi activismo anticorrupción nace de esta misma visión. Para mí, la ética no es una opción, es la estrategia más inteligente. El último Índice de Percepción de la Corrupción nos muestra a Colombia descendiendo. Cada punto perdido en transparencia lo pagamos todos con menos inversión y más desigualdad. La corrupción es el impuesto más injusto. Por eso sostengo que el liderazgo, nuestro liderazgo, debe ser el ejemplo: la transparencia debe nacer desde nuestras organizaciones.

Veo el futuro del emprendimiento solidario en Colombia con esperanza, pero con los pies en la tierra. Depende de que unamos productividad, ética y confianza. Nuestras cooperativas pueden ser el eje para financiar el campo, apoyar los micronegocios urbanos y llevar educación a las comunidades más olvidadas.

Para finalizar, quiero reafirmar mi convicción más profunda: la verdadera competitividad de una nación no se mide en sus impuestos, sino en su confianza. Cuando la gente cree en sus instituciones y en sus semejantes, las economías florecen. Construir una Colombia basada en la confianza es, creo firmemente, la transformación más necesaria y humana a la que podemos aspirar.

Soy Fernando Basto Correa, consultor, académico y conferencista. Dedico mi trabajo a impulsar una agenda de emprendimiento ético, eficiencia pública y desarrollo sostenible.

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